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    Los riesgos de esperar siempre que “algo suceda”


    Colaborador

    Coaching by design


    *****
    2,023


    Los riesgos de esperar siempre que “algo suceda”
    La brecha entre lo que esperamos y lo que nos pasa está ocupada por la necesidad de que algo ocurra de determinada manera (o no) y de nuestro juicio dependerá cómo nos sentiremos.

    Si tenemos la creencia de que las expectativas son motores que nos ayudan a alcanzar nuestras metas o confiar en la gente, probablemente le vamos a poner expectativas a todo. Sin embargo, muchas veces no las tenemos sino que son ellas las que nos tienen y, de esta manera, harán con nosotros lo que les permitamos que hagan, como causarnos pena, desánimo o cualquier tipo de dolor.

    En ocasiones, las confundimos con confianza, pero en realidad las expectativas están más ligadas al control que a la confianza, que de por sí suele ser liberadora. Si confiamos de verdad, el control disminuye, cosa que no ocurre con las expectativas, porque con ellas chequeamos qué es lo que está pasando y de qué manera sucede.

    De la ilusión a la frustración

    Las expectativas actúan como una ilusión, como el motor para alcanzar nuestra meta. Si no sentimos expectativas, nos parecerá que el objetivo no tiene demasiada importancia. De hecho, podemos decir que son malas compañeras de viaje cuando son fuente de angustia, pero también podemos disminuir la tristeza eliminando las exigencias.

    Debemos conocer que una expectativa es el fruto de nuestro propio juicio interior, que está basado en creencias. Es por eso que toda esa “arquitectura” armada por nosotros mismos se nos cae encima en forma de dolor y decepción, produciéndonos frustraciones.

    A veces, culpamos a los demás por nuestros malos resultados. Es por ello que las expectativas suelen victimizar a todos los que elegimos para adjudicárselas. Así, probablemente, descargaremos en los otros sentimientos de angustia, enojo o bronca.

    Vamos por la vida esperando que padres, madres, hijos, maestros, etc., cumplan con lo que esperamos de ellos. De esta forma, nos predisponemos mal para afianzar las relaciones, porque nos vamos resintiendo más a medida que los hechos no pasan tal como queremos.

    Año viejo, cosas nuevas

    Las expectativas que no se cumplieron, renacen en la esperanza de un nuevo año. El pensar en él genera sentimientos y exacerbación de emociones relacionadas con situaciones personales, nuevas y viejas posibilidades, utopías y anhelos.

    Cuando se avecinan las fiestas y el fin de año, empezamos a sentir la necesidad de valorar lo que nos pasó. Y esto nos invitar a hacer un análisis de cuáles han sido los objetivos alcanzados y cuáles no. Además, nos predispone de diversas maneras, por ejemplo, nos angustiamos por aquello que sentíamos que íbamos a alcanzar con cierta facilidad, o nos ponemos contentos por logros que creíamos casi imposibles y, sin embargo, conseguimos.

    En esta época, comenzamos a hacer un repaso de lo que no pudimos hacer o lo que nos faltó realizar. Surgen los deseos de alcanzarlo el año siguiente, generando una esperanza y apuesta renovada para concretar lo viejo que no obtuvimos o algo nuevo que aparece como motivo para crear nuevas expectativas.

    Menos queja, más protagonismo

    Comprometer al otro con nuestros pedidos forma parte de legitimar nuestro entorno, interactuando con él de una manera más abierta y funcional. Quejarnos acerca de la realidad (o de los resultados que no estuvieron a la altura de nuestras expectativas)| no reparará el dolor o la angustia que esto nos produce.

    En cambio, si el resultado es hijo de nuestro protagonismo, sea malo o sea bueno, lo entenderemos y podremos vivirlo desde otro lugar; no como víctimas, sino como responsables. De este modo, podremos elegir ser más grandes que el resultado que estamos observando.

    A continuación, algunas preguntas para evaluar desde el protagonismo las expectativas del año próximo:

    -¿Qué es lo que espero alcanzar este nuevo año?

    -¿Es una vieja expectativa o es una renovada?

    -¿Estoy comprometido a alcanzarla de verdad?

    -¿Distingo cuáles son los obstáculos que me frenaron hasta ahora?

    -¿Cómo actúo ante los obstáculos? ¿Me paralizo, me enojo o entro en acción?

    -¿Qué puedo dar de mí para alcanzar mis resultados?

    -¿Estoy siendo responsable en mi vida, o sigo expectante?

    -¿Hay algo que pueda cambiar para mi bienestar y felicidad?

    -¿Cuáles son los logros y las cosas que me hacen sentir feliz?

    ¿Verdaderas o falsas?

    Juzgar a las expectativas de verdaderas o falsas no disminuirá nuestra angustia o enojo. Por el contrario, solo reforzará la creencia de que no somos responsables de su existencia y esto complica lo que, en realidad, queremos ver o alcanzar.

    La medida de nuestros desengaños tiene que ver con el detalle y la magnitud de las expectativas que ponemos. El esperar actúa como la ilusión de interactuar con el otro, cuando en realidad interactuamos con nosotros mismos, sin tener chance de que el otro se entere. Por lo tanto, disminuyen nuestras posibilidades de que ocurra lo que queremos que ocurra.

    Si podemos convertir la espera en un pedido, aumentaremos las probabilidades de que pase lo que queremos que pase y de la manera que queremos que suceda. Si solo miramos hacia adentro de nosotros mismos, esperando siempre del otro, nos victimizaremos, dado que el poder de cumplir estaría afuera y no en nuestras manos, como lo estaría en el pedido.

    "De todas las maravillas que he oído, la que mayor asombro me causa es que los hombres tengan miedo."
    Julio Cesar - W. Shakespeare

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    03-02-2015 07:09 AM
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