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    Cape Town, de vacaciones todo el año


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    *****
    2,023


    Cape Town, de vacaciones todo el año
    La bella Ciudad del Cabo, los viñedos de Paarl y Franschhoek, y la Table Mountain –nueva maravilla natural–. Todo cabe en cuatro días de lujoso recorrido por el país más austral del continente negro. Si tuviste la oportunidad de visitar Ciudad del Cabo, compartí con nosotros tu experiencia.

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    Desde noviembre de 2011 la Table Mountain es una de las Siete Maravillas del Mundo. El anuncio de la consagración se transmitió en vivo desde Zurich, el 11-11-11. Ese día que pintaba apocalíptico, fue el comienzo de un nuevo hito para Ciudad del Cabo. Hubo conciertos en el Victoria & Alfred Waterfront y fuegos artificiales en la bahía. Otra vez Sudáfrica en boca de todos. Casi como cuando se eligió esta ciudad, la más europea de África, como sede de la Copa del Mundo en 2010.
    En la entrada al teleférico, todavía no sacaron los carteles que explican cómo mandar SMS para sumarle votos a la montaña Mesa. El ticket para subir a su cima plana cuesta lo mismo que antes del anuncio, por poco tiempo quizás. Los turistas sacan fotos y compran souvenirs. Se sienten especiales por “estrenar” la nueva maravilla.

    Igual que en Argentina con las Cataratas –otra de las elegidas–, en Sudáfrica la cruzada por las 7wonders se transformó en causa nacional. Políticos, artistas y los Springbok (el equipo de rugby local), se acercaron para sumar su apoyo.
    En medio del furor de los mensajitos, la campaña apeló al factor emotivo: bajo la consigna “todo por Mandela”, se recordó el cariño que el ex presidente, de 93 años, tiene por este icono sudafricano. Durante el apartheid, “Madiba” –como lo llaman acá– miraba la silueta de la Table desde su prisión en la cercana Robben Island. Fue su tierra prometida en esos 18 años de opresión, su “faro de esperanza”.

    Si está muy ventoso, no se puede subir. Nosotros llamamos antes de salir para consultar el estado del tiempo. A primera hora de la mañana estamos firmes en la cola para montarnos dentro del cablecarril que sale de Tafelberg Road.

    La cabina va girando durante los mil metros de ascenso. A medida que gana altura, es todo océano alrededor y la ciudad queda reducida a su mínima expresión. Las nubes nos envuelven y la visibilidad es casi nula una vez que llegamos a la cumbre. Cuando pasa esto, los locales dicen que “la mesa tiene mantel”. Apenas se ven las laderas de granito tapizadas de calas blancas y arbustos achaparrados. Nos acercamos tímidamente al borde. Cada tanto se despeja un poco y el abismo deja ver el mar, azul como pocos. Es otro mundo acá arriba. Casi sin vegetación, pura roca erosionada desde hace seis millones de años (y más famosa desde hace pocos días), en el que vive una fauna endémica de rockhirex o duzzi, bichos malísimos y chiquitos como ardillas.

    Montaña y mar
    Ciudad del Cabo vive en un estado de vacaciones permanente. Con un clima mediterráneo, recuerda a California pero con una marcada herencia british, producto de décadas de colonialismo como lo revelan sus casas de estilo victoriano, entreveradas con modernos rascacielos.

    Pasan autos con el volante a la derecha y tablas de surf en el techo. Se respira brisa de mar y un aire muy cool. También cosmopolita, como toda ciudad que se precie de tal: chinos e indios, musulmanes y holandeses dejaron su sello a través de la comida, la arquitectura y giros lingüísticos. La huella de los esclavos malayos liberados en el siglo XVIII se detecta en las calles adoquinadas de Bo-Kaap y sus casas fucsias, naranjas y amarillas. Hay una ley que prohíbe pintarlas del mismo color que la del vecino.

    Para el Mundial se abrieron más hoteles y se construyó el futurista estadio Green Point, que alteró la fisonomía de la urbe. Está listo para la llegada de cualquier artista o evento deportivo de magnitud, si bien, comentan los locales, no es que haya tantos ni tan seguido.

    Desde el último piso del hotel , The Table Bay, apreciamos todo el V&A Waterfront iluminado. Sarah Prins, la simpática RRPP de este eslabón de la cadena Sun International, nos agasaja en la misma suite donde hace algunos días se hospedó Michelle Obama. Hay un piano de cola, jazz en vivo, mozos y una mesa poblada de mariscos y finger food. Demasiado para el humilde grupo de periodistas argentinos del que formo parte, que ya se daba por satisfecho con el masaje de piedras calientes y el soberbio té servido a la tarde.

    Enseguida llega un grupo de diseñadores locales. La fiesta se va animando. Con ellos, nos da menos pudor el banquete. Entre copa y copa, nos cuentan que Ciudad del Cabo se perfila como capital del diseño y atraviesa una explosión de creatividad. Nos invitan a sus restaurantes, reparten tarjetas y nos llenan de tips. Tomamos nota: pic-nic en el jardín botánico Kirstenbosch, visitar la playa Muizenberg, ir de copas por la Kloof Street...

    Al día siguiente, salimos en plan de recorrida express. La primera parada es en Camps Bay. En esta playa de arenas blancas y palmeras pueden verse en cualquier momento del año autos descapotables, cuerpos bronceados que afectan la autoestima y terrazas llenas de jóvenes muy relajados, sobre todo al atardecer.
    El agua es fría-fría, pero los bañistas no le escapan al mar, ni acá ni en Clifton, la playa de moda. Las parejas se entusiasman con la propuesta de ver la puesta de sol y brindar con champagne a bordo de un barco anclado cerca de estas bahías. Nadar con tiburones es otra excursión muy buscada. Para eso hay que trasladarse hasta Gansbaai.

    En el puerto de Hout Bay, hay más color que glamour. Los pescadores amontonan los cajones de pescado fresco, mientras un grupo de músicos recibe con panderetas a los turistas que vuelven de ver focas en Seal Island.

    Los vendedores de artesanías se preparan para el regateo, calculadora en mano. Por precio y calidad, es una buena alternativa al céntrico Green Market, donde se consiguen esas artesanías en serie que me resisto a comprar, sin éxito: salgo con un juego de cucharas de madera talladas como zebras, una mamushka de elefantes y un par de huevos de avestruz pintados, que seguramente no sé dónde voy a poner.

    Seguimos viaje por una ruta que serpentea el rocoso litoral. El mar queda cada vez más abajo. Cape Point es nuestro destino final. Más allá, no hay nada: es el extremo austral de la península. Es un cabo, no caben dudas. Hay un acantilado escarpado, un faro, puro océano enfrente, un horizonte ancho y una sensación de fin del mundo. Todos los componentes de un paisaje dramático y espectacular.

    Ahora, eso de que aquí se encuentran los océanos Atlántico e Índico es más folclore que otra cosa. Para evitar decepciones, sepa que no existe tal encuentro tumultuoso de aguas embravecidas, o al menos no a la vista. Si hay un cruce de corrientes, eso podría suceder en el Cabo de las Agujas, según me apunta el chofer de la combi. Se encuentra unos 300 km al este.

    El cabo de la Buena Esperanza es como un apéndice de Cape Point. El navegante portugués Vasco da Gama fue el primero en echar un ancla acá. Los que nunca lo lograron son los tripulantes de The Flying Dutchman, un barco fantasma que, según la leyenda, está condenado a navegar por las aguas del cabo sin jamás poder rodearlo. Desde el siglo XIX, circulan bitácoras de barcos que aseguran habérselo cruzado en medio de la niebla.

    Vinos a la africana
    Dejamos la ciudad con rumbo noreste y en menos de una hora llegamos a Santé. Este resort construido en estilo toscano está enclavado entre los valles de Paarl y Franschhoek, en plena ruta del vino.

    Dicen que estas tierras son tan fértiles que los agricultores pueden casi prescindir de los fertilizantes que usan sus colegas europeos. Muchos franceses se instalaron en la zona, ansiosos por explorar los terruños del Nuevo Mundo. Y las cepas locales, con la Pinotage (cruce entre la Pinot Noir y la Cinsault) a la cabeza. Sobre ella nos había hablado noches atrás Neil Pendock, el principal crítico de vinos sudafricano.
    En Santé se trata más de una invitación al relax que al mondo vino, aunque la propiedad está rodeada de 160 hectáreas de viñedos propios que se pueden recorrer a pie o en bicicleta.

    De la lista de actividades que nos proponen, tenemos todas las fichas puestas en la terapia Dr. Fish. Atravesamos el lobby en bata de toalla y vamos al spa a ver de qué se trata. En una sala esperan dos peceras de vidrio sobre el piso, llenas de peces. Sumergimos los pies y los amiguitos de Nemo se pegan como sopapas a la planta y tobillos. “Succionan las durezas de la piel hasta dejarla exfoliada”, explica la empleada del spa. Las cosquillas duran cinco minutos.

    Con los pies suaves como recién salidos del pedicuro, nos entregamos a media hora de masajes con aceites y acabamos en la pileta climatizada, cierre perfecto para unos días de mucha acción.

    Extracto de la nota publicada en revista Lugares 194.

    "De todas las maravillas que he oído, la que mayor asombro me causa es que los hombres tengan miedo."
    Julio Cesar - W. Shakespeare

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    19-01-2013 07:44 PM
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